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Una conocida cabaña local obtuvo
excelentes valores por sus equinos aún no entrenados. La Asociación
de Caballos de Polo registra 777 socios y 463 criadores con 31.550
hembras.
En la competencia por el mercado mundial de caballos
de polo, la Argentina ocupa la delantera. Pese a que las cabañas
guardan celosamente la información, en los últimos remates hechos en
el país una de las conocidas familias de polistas obtuvo hasta u$s
150.000 por una potranca de buena progenie y gran potencial, aunque
todavía sin amansar, y hasta u$s 85.000 por embriones de pedigree
implantados en yeguas receptoras. Los principales compradores
llegaron de Estados Unidos y Brasil pero también hubo oferentes de
Gran Bretaña, Italia y España donde, al igual que en Venezuela y
Uruguay, funcionan asociaciones de criadores de la raza Polo
Argentino como filiales de la entidad local.
El interés de los extranjeros radica en que “la Argentina reúne las
condiciones culturales, genéticas, económicas y ambientales para
producir el mejor caballo de polo del mundo”, según asegura, sin
titubear, Máximo Gándara, criador de la raza con establecimiento de
transferencia embrionaria en Capitán Sarmiento, Buenos Aires.
La tradición de cría del caballo en el campo argentino, la riqueza
genética acuñada en un proceso iniciado décadas atrás con el
apareamiento de las madres seleccionadas “por su desempeño en las
canchas” con los padrillos de Sangre Pura de Carrera (SPC) aportados
por la Dirección de Remonta del Ejército Argentino y la “selección
constante de los planteles” a cargo de los jugadores argentinos, de
reconocimiento internacional, muchos de ellos también criadores,
“permiten obtener esta raza estrella de prestigio mundial”,
puntualiza Gándara.
El desarrollo de la raza dio un gran salto con la creación, en 1984,
de la Asociación Argentina de Criadores de Caballo Polo Argentino,
que actualmente tiene 777 socios y 463 criadores, con 31.550 hembras
registradas en todo el país. “Pero también hay productores de la
raza en varios países de América y Europa, que partieron de la
genética argentina y son visitados periódicamente por inspectores de
la Asociación para certificar su desenvolvimiento”, dice Marina
Vela, gerente de la entidad.
La Asociación promueve también las técnicas de inseminación
artificial y transferencia embrionaria, para lo cual hay diez
establecimientos reconocidos en todo el país, como una alternativa
para “elevar el nivel genético de la raza sin afectar el desarrollo
deportivo”, ya que una yegua de alta calidad puede dar óvulos para
obtener hasta cinco crías al año sin interrumpir su participación en
las competencias por los inconvenientes de la preñez y el parto, que
sobrelleva la hembra receptora.
Por su parte, investigadores del Instituto Nacional de Tecnología
Agropecuaria (INTA) analizan la clonación de yeguas jugadoras de
polo. Sin embargo, Gándara estima que, “aunque el experimento
resulte exitoso, la obtención de copias idénticas es imposible. La
personalidad y el desempeño del animal en la cancha dependen tanto
de la genética como de la mano del preparador. La formación de un
caballo de polo es una tarea artesanal, que combina conocimiento con
habilidad y experiencia, y el producto final es exclusivo e
intransferible”.
El deporte, que en el país se jugó por primera vez en 1880, en Santa
Fe, y se arraigó en Buenos Aires, se practica ahora en todo el país.
Los certámenes de otoño y primavera se complementan con las
competencias de verano, como la que se disputa actualmente en
Bariloche.
El polo también se expande en el mundo. A los torneos de los países
europeos se suman cada vez con más frecuencia los del sudeste
asiático. Después de la caída del Muro, los rusos también su
subieron al caballo y China, donde según la tradición nació la
milenaria práctica ecuestre, está comenzando a observar la
actividad.
Fuente: El Cronista Comercial.
24/01/2008
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